OPINIÓN: Cuando el panelista se devora al entrenador; el paso de Sebastián Domínguez por Central Córdoba

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El sillón de entrenador de Central Córdoba no es para cualquiera. O, mejor dicho, no debería ser ocupado por cualquiera. La historia del Ferroviario, su identidad y el esfuerzo que le costó llegar y consolidarse en el fútbol grande del país exigen una responsabilidad que no todos parecen estar preparados para asumir. Una vez más, esa historia terminó pasando factura y, en esta oportunidad, el señalado es Sebastián Domínguez.
El exdefensor, que antes de regresar a los bancos de suplentes había ganado protagonismo como panelista televisivo en el programa de Sebastián Vignolo, llegó a Santiago del Estero con credenciales de analista, conceptos futbolísticos y una mirada teórica del juego. Sin embargo, una cosa es explicar el fútbol frente a una cámara o sobre un pizarrón y otra muy diferente es trasladar esas ideas a un campo de juego, gestionar un vestuario y conducir a un plantel profesional.
Los números de su paso por Central Córdoba son contundentes: dirigió 14 partidos, consiguió apenas dos victorias, empató cuatro encuentros y sufrió ocho derrotas. Una campaña que difícilmente pueda encontrar argumentos para ser defendida.
Cuando llegó a Santiago del Estero, Domínguez pidió tiempo. Y tiempo tuvo. El club le dio margen para trabajar, buscar respuestas y encontrarle una identidad al equipo. Pero el resultado fue una preocupante racha de once partidos consecutivos sin ganar. Ni siquiera ese prolongado escenario adverso terminó provocando una salida anticipada del entrenador.
Pero el problema no comenzó en Central Córdoba. Su recorrido anterior tampoco ofrecía demasiadas garantías.
En Tigre dirigió 30 partidos, con ocho triunfos, once empates y once derrotas. Una campaña que dejó al equipo de Victoria comprometido con el descenso, aunque finalmente la anulación de las pérdidas de categoría por parte de la AFA le permitió conservar su lugar en Primera División.
Luego llegó a Vélez, donde asumió después de la salida de Gustavo Quinteros, quien había conducido al equipo a la conquista de títulos. Allí tampoco logró encontrar el rumbo: en nueve encuentros consiguió una victoria, empató dos y perdió seis.
Su experiencia en Deportivo Garcilaso de Perú fue, quizás, el capítulo más equilibrado de su carrera. En 15 partidos obtuvo siete victorias, cuatro empates y cuatro derrotas, números que permiten hablar de una campaña aceptable, aunque insuficiente para compensar sus antecedentes en el fútbol argentino.
Si se toman los cuatro clubes que dirigió, el balance general tampoco resulta alentador: 68 partidos, 18 victorias, 21 empates y 29 derrotas. Es decir, perdió más encuentros de los que ganó y apenas consiguió imponerse en poco más de una cuarta parte de sus presentaciones.
¿Qué conclusión debería sacar Central Córdoba de esta experiencia?
La dirigencia tiene una responsabilidad que va mucho más allá de contratar a un entrenador. Debe evaluar antecedentes, capacidad de conducción, experiencia, conocimiento del medio y, fundamentalmente, si el elegido está a la altura de las exigencias de una institución que representa a Santiago del Estero en la máxima categoría del fútbol argentino.
Central Córdoba parece haber convertido en una costumbre equivocarse en la elección de sus entrenadores. Y si a eso se le suma la dificultad para acertar con buena parte de las incorporaciones, el resultado termina siendo un equipo que no cambia de rumbo, pierde identidad y vuelve a empezar una y otra vez.
El Ferroviario necesita planificación, convicción y decisiones deportivas acertadas. No alcanza con traer un nombre conocido, un exfutbolista de trayectoria o alguien que tenga facilidad para explicar el juego desde un estudio de televisión.
Porque una cosa es ser panelista, otra es ser entrenador y una muy distinta es estar preparado para conducir a Central Córdoba.
El banco ferroviario tiene historia, exige compromiso y no admite improvisaciones. Esta vez, el panelista terminó devorándose al entrenador.
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